Pedro Martín Ruiz
Andalucía, Extremadura y Castilla La Mancha, las regiones peores situadas en la clasificación de la gran mayoría de los indicadores sociales y económicos, tienen una gran oportunidad de mejorar su desarrollo y acercarse a la media de convergencia nacional. Todo ello porque pueden producir electricidad y gases renovables a precios muy competitivos, así como tienen abundantes recursos mineros que favorecen la instalación de toda clase de empresas e industrias.
Estas tres regiones representan un 42% de todo el territorio español con 209.000 kilómetros cuadrados y el 24 % de la población- unos 12 millones de habitantes- con claras diferencias en cuanto a la densidad de población, pero que disponen de amplios espacios propios de la España vaciada y donde, precisamente, se dan las mejores condiciones para la producción de energías renovables. Es decir, unas 3.000 horas de radiación solar, buena frecuencia y velocidad de vientos, abundante biomasa, agua, terrenos apropiados, redes eléctricas, etc.
No obstante, hay que tener muy en cuenta las repercusiones de la implantación de las grandes instalaciones fotovoltaicas y eólicas, en relación al medio ambiente y las numerosas limitaciones existentes. De modo que habría que planificar por zonas y seleccionar aquellos terrenos pocos productivos, de pastizales o cereales de baja rentabilidad y evitar, en lo posible, la alta concentración de las plantas en determinados territorios, aunque ello suele venir condicionado por la proximidad de redes eléctricas y de subestaciones.
En todo caso, hay que hacer compatible la existencia de estas instalaciones con aprovechamientos agrarios, de pastoreo, plantas aromáticas e, incluso, cultivos intensivos, y acometer una serie de medidas compensatorias y correctoras para la mejora de la biodiversidad en todo su entorno. Por otra parte, las empresas tienen que contar con la participación de la población de la zona, crear buenos empleos y establecer la sede fiscal en la provincia. De este modo, se evitaría el rechazo que en ocasiones se produce.
Con solo un 1% del territorio dedicado a las plataformas fotovoltaicas y eólicas tendríamos 209.000 hectáreas disponibles entre las tres regiones citadas, lo cual no parece que produciría un excesivo impacto. Nos referimos, también, a la superficie de los embalses y grandes canales de regadío donde es factible la colocación de paneles flotantes o encima de los mismos con claras ventajas para disminuir la evaporación y para la calidad del agua.
Si tenemos en cuenta que, de forma aproximada, un megavatio de fotovoltaica necesita una hectárea y media y uno de origen eólico dos hectáreas y media, vemos que tenemos la posibilidad de producir unos 100.000 megavatios nuevos para el año de 2035, algo así como el triple de la potencia actual instalada. Este objetivo es alcanzable, sobre todo, si añadimos otras fuentes, como son la eólica marina en Andalucía, la energía hidráulica, no solo la convencional sino, en especial, la de bombeo reversible en los grandes embalses, así como la derivada de la abundante biomasa para energía eléctrica y para producir biometano. Tampoco podemos olvidar el papel que puede representar los continuos avances tecnológicos y el autoconsumo de electricidad renovable, bien de forma individual o formando comunidades energéticas en ciudades y en polígonos industriales.
Toda esta cantidad previsible de energía debe ir paralela con la demanda, en su mayor parte, para el consumo en dichas regiones. Para ello hay que electrificar la actividad económica, hogares, transportes, climatización, industrias, puertos y aeropuertos. Asimismo, incentivar la instalación de la industria electrointensiva, ya sea de materiales de construcción, química, centros de datos, inteligencia artificial, agroalimentaria, metalúrgica, de la defensa, aeroespacial y para el funcionamiento de las desaladoras actuales y futuras. También es muy importante construir grandes parques de baterías para almacenamiento eléctrico, asociados a las plataformas renovables, cerca de las subestaciones o de las grandes ciudades. Lo cual evita pérdidas de electricidad, garantiza el suministro y estabiliza los precios.
Además del centro o polo de Puertollano en Ciudad Real y de los numerosos proyectos previstos en el Valle del Hidrógeno Algeciras-Huelva, proponemos la instalación de tres complejos químicos, uno por cada región, que constaría de cinco o seis plantas dentro de una cadena de valor y economía circular. La localización estará en función de la proximidad y plena disponibilidad de energía eléctrica, agua, ferrocarril, gasoductos y otros factores favorables. En Andalucía podría ser en la zona de Antequera-Iznájar, en Castilla-La Mancha en el área de Saceruela, en relación con Puertollano, y en Extremadura en la comarca de La Serena a unos 50 kilómetros de la anterior, lo cual facilitaría cierta complementariedad y sinergias.
Dichos complejos estarían formados por una planta para la producción de hidrógeno y oxígeno a partir del agua por electrólisis, una planta de captación del nitrógeno que con el hidrógeno producir amoniaco, otra para fertilizantes, otra a partir de la biomasa para biometano, como gas para inyectarlo en la red actual y para los ciclos combinados, o con el CO2 de la gasificación y el hidrógeno obtener combustibles sintéticos o metanol para la aviación, transporte pesado y marítimo. Y tal vez una planta para el aprovechamiento y envasado del oxígeno derivado del proceso por la electrólisis.
Por otra parte, la transición energética, la movilidad eléctrica verde y la digitalización de la economía requieren una gran producción de metales para fabricar todos sus numerosos componentes, de cuya materia prima la Unión Europea es muy deficitaria. Por ello, el pasado año decidió el impulso de la minería con la declaración de 34 minerales críticos y 16 de ellos estratégicos, dada la enorme dependencia de otros países y la importancia para su propia soberanía.
Así mismo, el pasado mes de junio la UE aprobó una primera relación de 47 proyectos estratégicos, de los que siete están en España, tres en Extremadura: Las Navas para litio; La Parrilla para wolframio y estaño y Aguablanca para cobalto, níquel y cobre. Dos en Andalucía: Las Cruces en Sevilla para cobre y zinc y Circular en Huelva para el reciclaje de cobre y níquel. Uno en Ciudad Real llamado El Moto para Wolframio y otro en Orense denominado Doade para el litio.
En la línea de la economía circular, la integración de sinergias y el aprovechamiento de las cadenas de valor sería muy razonable y fundamental el impulso de tres complejos industriales, uno por región, en relación y proximidad de los recursos mineros para su procesamiento y fabricación de la mayor parte de los componentes necesarios para las energías renovables, la descarbonización de la actividad económica y la implantación de las nuevas tecnologías, así como el reciclaje de los mismos, una vez acabada su vida útil.
Todo ello no es nada fácil, en especial el tema de la minería. Hace falta mayor agilidad administrativa y disponibilidad financiera, más colaboración pública-privada y más información e implicación de las empresas con el bienestar de la población. Asimismo, una nueva ley de minas, moderna y sostenible, que evite tantos trámites y los problemas que plantean ciertas asociaciones ecologistas que paralizan y lo recurren casi todos los proyectos de extracción minera. No obstante, somos optimistas pues las tres regiones citadas reúnen el mayor potencial para las energías renovables, minería metálica, litio y tierras raras de España.
En definitiva, Andalucía, Castilla La Mancha y Extremadura, a las que podemos añadir Castilla y León o Aragón, tienen con la transición energética y la digitalización una gran oportunidad de formar un sólido tejido industrial manufacturero, que es de lo que carecen y, de esta forma, crear mucho empleo y reducir sus enormes desigualdades territoriales, como la mejor política para mejorar la cohesión social y hacer frente al reto demográfico.





